María Soliña, residente de Cíes (Pontevedra), pasó a la historia por ser juzgada y condenada durante la Inquisición española por supuesta brujería a principios del siglo XVII. Tras el ataque de piratas turcos y bereberes a A Coruña en 1617, que le causó la destrucción de sus bienes y pérdidas familiares, fue arrestada por la Inquisición acusada de practicar brujería, cargos que se enmarcaban en un contexto social donde las mujeres eran frecuentemente acusadas de fenómenos considerados peligrosos o «heréticos». Su juicio, repleto de testigos y declaraciones, ilustra la dinámica de miedo, superstición y control social típica de la época.
A pesar de las duras circunstancias y la violencia institucional que sufrió, la figura de María Soliña se convirtió posteriormente en un símbolo de la represión que padecían las mujeres acusadas de brujería y de la persecución social y judicial que sufrían en tiempos de conflicto e incertidumbre. Su memoria fue recuperada y reivindicada, especialmente en el ámbito cultural gallego, como ejemplo histórico de la persecución de las mujeres y como referencia de las consecuencias de los procesos inquisitoriales sobre las personas indefensas ante las instituciones del poder.